Mirada regional

El Ikigai en Uruguay y América Latina

El ikigai nació en una isla japonesa muy distinta a Montevideo, Buenos Aires o Ciudad de México. Y sin embargo, algo de esa filosofía resuena especialmente en esta parte del mundo.

En Uruguay y en gran parte de América Latina, la vida social todavía se organiza alrededor de rituales simples y sostenidos en el tiempo: la mesa familiar de los domingos, la ronda de mate compartida con amigos, la sobremesa que se estira después de cualquier comida, las generaciones que conviven bajo un mismo techo o se visitan cada semana. Son, en cierto sentido, una versión local del moai okinawense: vínculos que sostienen, que no se eligen por conveniencia sino por costumbre y afecto, y que aparecen una y otra vez entre los factores que más se asocian con el bienestar y la longevidad.

Al mismo tiempo, la región no es ajena a las mismas tensiones que el ikigai intenta nombrar: el agotamiento laboral, la sensación de estar siempre apurados, la dificultad para encontrarle sentido a la rutina. Pensar el ikigai desde Uruguay y América Latina no significa importar una fórmula japonesa, sino reconocer que muchas de sus claves —la comunidad, la calma, la gratitud, los pequeños placeres cotidianos— ya forman parte de nuestra cultura, aunque no las llamemos por su nombre japonés.